Miguel Maldonado

Crítica

Los oficios Menores - Juan Villoro

02/08/2018

Cierto linaje de escritores se ha concentrado en las cosas fugitivas y pequeñas que secretamente definen nuestra vida. En sus Odas elementales, Pablo Neruda celebra las recónditas virtudes del tomate, el cobre, la cebolla, el aire o el caldillo de congrio. Poeta en prosa, Francis Ponge se ocupa de la íntima elocuencia de los objetos y logra un resumen físico del mundo en De parte de las cosas: la pastilla de jabón o el picaporte son sus protagonistas. Cronista del viento en el Mediterráneo catalán, Josep Pla descifra los misterios del jamón y del papel impreso en Lo infinitamente pequeño.

Miguel Maldonado pertenece a la estirpe de quienes prefieren ocuparse de lo mínimo para entender de otra manera el mundo. El libro de los oficios tristes trata de las profesiones soslayadas, sin prestigio alguno, que permiten que la realidad funcione. En un país donde todo se arregla con un alambrito, el novelista Ricardo Garibay dio con una expresión para definir el trabajo de resolver un sinfín de cosas sin ser experto en ninguna: “milusos”.

Maldonado entiende de eso; es el poeta de una economía que ni siquiera alcanza el rango de informal y canta a quienes venden sus cabellos para fabricar pelucas, prueban medicinas para constatar la eficiencia de un fármaco, recogen la basura o, sencillamente, esperan que la suerte y la destreza de sus manos les permitan asumir una tarea o, de perdida, convertirse en ayudantes de ayudantes.

Un personaje de Juan Rulfo se encuentra en una situación tan precaria que apenas puede aspirar a las sombra de un deseo; se conforma con que le den “algo de algo”. Así son los trabajadores de Maldonado. Algunos de ellos podrían estar entre los artesanos que piden empleo afuera de la Catedral, mostrando sus herramientas como único currículum; pero lo mayoría carece incluso de esas credenciales. Estamos ante el lavaplatos que se hace cargo de los restos de la comida, las cosas dulces que las muchachas dejan en el plato para no engordar; el que pone sellos y se ensucia las manos sin que nadie lo note; el que anima en forma invisible a una botarga y se convierte en su alma hasta que tropieza y sólo puede incorporarse con el favor de quienes pasan por la calle.

¿Qué sería de la vida sin esos seres anónimos que entregan un sobre decisivo y desaparecen sin que retengamos su nombre y sus facciones? Reflexión moral sobre el significado de los esfuerzos ignorados, El libro de los oficios tristes desemboca en una consideración sobre los patrones. En los versos finales, que son a la vez un epitafio, el autor promete no ocuparse de ellos.

Cercano al poema narrativo, Maldonado utiliza con frecuencia el octosílabo –ritmo habitual del español hablado- para retratar personajes y resumir en unas líneas sus hojas de vida. Vale la pena revisar la forma en que se ocupa de “Los que se rentan para probar medicamentos”:

Ignora si enfermó por los efectos secundarios o esa enfermedad es del todo suya Si fraguó su cuerpo su propia purulencia o fue una dosis de ponzoña Perdió derecho a saber si se pudre por sí solo La tremenda libertad de joderse a propia cuenta de chingarse uno la vida se ha vuelto ahora un defecto secundario

Este poema es una honda reflexión sobre el cuerpo y sus designios. Somos rehenes de nuestro organismo y nuestros hábitos. Sin embargo, para quien prueba medicinas, el mal se convierte en algo difuso: no sabe si enfermó de sí mismo o de algo externo. Pierde derecho, incluso, a saber si esa enfermedad es verdaderamente suya.

La literatura provoca que miremos el entorno como una extensión de las páginas y a veces impulsa a intervenir en él como en un campo expandido por el arte. Quienes arreglan cosas en el libro de Maldonado demuestran que el mundo está mal hecho, o por lo menos descompuesto, y que algunos, sin levantar la voz, procuran mejorarlo. Esto impulsa a buscar otros afanes que no han sido registrados pero merecen serlo. Propongo al vendedor de merengues condenado a rifarse sus mercancías en “volados”, al anónimo escritor de solapas, al vulcanizador que preserva los prestigios de la lumbre, al merolico que promueve un curatodo, un pan de hule, una caja que muerde al ser abierta y permite hacerle una broma a la suegra.

Por una extraña ley de las compensaciones, quienes no tienen otra ocupación que imaginar, entienden mejor los rigores y la grandeza de ciertas tareas físicas. La sociedad no premia el ritmo delicado y preciso con que los albañiles hacen que los ladrillos sean lanzados de una mano a otra, pero el poeta sí lo advierte, según demuestra Fabio Morábito en estos versos de “Sin oficio”:

Yo que no tengo oficio excepto traducir, que más que oficio es una astucia, miro a los albañiles que en lo bajo conocen todo o casi todo del cemento […] Levantan de la nada una materia audible, ven cómo el simple lodo se transforma para imprimirse en él la voluntad común.

En la misma tesitura, Maldonado escribe sobre los “Trabajadores de la construcción” y entiende que no sólo operan en función del cincel y sus crueldades sino que construyen la casa con una íntima materia: “Quizá sólo un panadero/ iguala esos tratos/ con la masa”.

A propósito de este libro de los oficios, conviene destacar el del editor que lo hizo posible, Francisco Magaña. Desde hace un tiempo, que ya es heroico y pronto será legendario, Ediciones Monte Carmelo publican poesía como una forma de la devoción.

El libro de los oficios tristes congrega a seres sin registro de causantes hacen que la vida siga gracias al tornillo necesario. Rara vez los vemos; se desvanecen como sombras en la ciudad y sus tumultos. Miguel Maldonado los ha reunido para contar su historia y demostrar que el esfuerzo es una forma de la lumbre, y la poesía, su venturoso incendio.